– Mira –le dice al otro–, tiene grabados los nombres de los ángeles protectores de los recién nacidos. Eso significa que este hombre fue criado por un judío, o que se ha convertido a la verdadera religión. Pasa –te indica, haciéndose a un lado–, puedes hablar con el rabino.
– ¿Qué queréis de mí?
– Estamos buscando a una niña judía que va acompañada de un noble nazarí –respondes–. Tenemos entendido que vos permitisteis la entrada del árabe en la judería.
– Ah, os referís a Awland –dice Nehemiah, dejando su lectura y alzando ahora su rostro–. En efecto, permití su entrada en nuestra comunidad.
– Pero, ¿por qué? –inquiere Mateo. Nehemiah lo mira con ojos severos, desaprobando su impaciencia.
– Awland buscaba al padre de la pequeña Alis. Me dijo que su padre, Yehudá ben-Jacob, era amigo suyo, que había dejado a su hija Alis bajo su protección cuando fue a Garnatha, pues estaba muy enferma y tenía la esperanza de que la medicina árabe la curara. Según me dijo Awland, sus médicos consiguieron sanarla, y aprovechando que debía viajar hacia Sevilla, y sabiendo que su padre se encontraría por aquí, decidió llevar consigo a Alis y darle una sorpresa a Yehudá.
Tú y Mateo os miráis totalmente desconcertados por todo lo que está diciendo el rabino. No entendéis absolutamente nada de lo que está pasando. Pero poco a poco se os van aclarando las ideas: ese Awland ha encontrado a Alis en este pueblo, y ahora la está utilizando para encontrar a otra persona, un judío llamado Yehudá ben-Jacob. Pero, ¿por qué?
– ¿Y conocéis vos a ese Yehudá del que habláis? – inquieres.
– Por supuesto –dice el rabino–. Llegó justo ayer a nuestra comunidad, según nos dijo se dirige al norte, de vuelta a su hogar, y me dijo que piensa quedarse aquí unos días antes de reanudar su marcha.
– ¿Dónde podríamos encontrarle? –pregunta Mateo.
– Un momento –dice Nehemiah, levantándose de su asiento–. ¿A qué vienen tantas preguntas? ¿Quiénes sois vosotros?
– Rabino –exclamas, intentando calmar a Nehemiah–, creo que habéis sido víctima de un engaño. Esa niña, Alis, es huérfana, y este hombre –dices, señalando a Mateo– cuida de ella. Me temo que ese noble nazarí, Awland, os ha engañado y la está utilizando para encontrar a Yehudá.
Nehemiah descansa sus manos sobre la mesa, pensativo, y permanece en silencio durante unos instantes.
– Es cierto – dice, finalmente –. Pero entonces, ¡Yehudá se encuentra en peligro! ¡Y esa niña también! ¡Dios mío, y le dije a Awland dónde podía encontrar a Yehudá!
– Calmaos, por favor –intentas tranquilizar a Nehemiah–. Si nos decís dónde se aloja Yehudá, tal vez aún podamos evitar que haya muertes.
– Está bien –dice el rabino–. Yehudá se aloja en uno de los mesones de la Plaza Mayor, el de Gonzalo. ¡Daos prisa!
Rápidamente, salís de la sinagoga y os dirigís hacia la entrada de la judería. Cuando llegues a la Plaza Mayor, resta 12 a la sección en la que te encuentres para entrar en el mesón de Gonzalo.
Pasa al 81.